Sigo buscando el camino de baldosas amarillas, con la vista cansada de un daltónico. Procurando seguir siempre por la línea recta a la que que un enfermo de párkinson llenó de curvas, creyendo que así lo hacía lo mejor posible. ¿Saben? Nunca se me ha dado bien eso de aguantar la respiración y, sin embargo, llevo mucho tiempo respirando con el ritmo agónico del último suspiro de quien está al borde de un ataque de ansiedad. Exactamente desde que tendí la mano, buscando otra que la sostuviera, y solo encontré la mía. Y desde entonces, el oxígeno me sabe a sangre en la boca de un muerto. Han dejado de dolerme las pestañas por usarlas para pedir deseos. Ahora aguantan el peso de cada lágrima que prefiere caer al vacío, en busca de un mar en el que no evaporarse dejando en su rastro la sal que tanto ha hecho escocer a algunas heridas. Las beso. Como quien besa su trofeo después de haber ganado una competición. ¿Qué esperaban, que las escondiese de por vida? Deberían haber entendido que sus opiniones ya me importan una mierda. Tanto como sus ganas de ayudarme. Tan vacías que todavía pueden escucharse en ellas el eco de mis primeros gritos de auxilio.
"Tengo la clásica educación que te regalan las cicatrices.
Sigo pidiendo perdón por caerme.
Y dando las gracias por levantarme sola."Irene X