sábado, 14 de octubre de 2017

Tempo.

-Qué pronto has vuelto, si te acababas de ir.
-¿Cuánto querías que tardase en hacerlo?


A veces, me gusta creer que soy capaz de dominar el tiempo. No hablo de parar relojes, ni de retroceder en recuerdos.
Hay días, que siento que lo pierdo. Otros, lo regalo. Algunos, lo malgasto. Varios de ellos, lo invierto.
Siempre voy con prisas, nunca llego tarde, e incluso, a veces, espero.
"Espera un segundo."
"En un minuto, estoy."
"14 días para celebrar otro año."
"Parece que fue ayer cuando te vi por primera vez."

Sí, estoy a dos semanas de varios tirones de orejas y felicitaciones de no sé quién se acordará de mí este año. Diecinueve... he perdido la noción de cuánto tiempo es eso.
No sé en qué momento empezó la cuenta atrás, tampoco sé cuándo comenzarán los minutos de descuento. Lo único que sé, es que no he dejado de sentirme pequeña, desde que abrí los ojos, y alguien me dijo
por fin has vuelto.


sábado, 19 de agosto de 2017

No me encuentro

Dichosas las bocas que deboran, tantos besos como copas, sin importarles qué vendrá luego. Y a la mañana siguiente, la cama vacía de remordimientos. Dichosos aquellos que miran lo que no es suyo, que tocan lo que no es suyo, que desean lo que no es suyo, y que, aún así, son correspondidos. Dichosos los que os sentís libres de alzar vuelos y faldas, de desabrochar camisas, de desenredar anzuelos. Ojalá me resultase tan sencillo como a vosotros, soltar un te quiero.
Tranquilos, que yo solo busco el amor que no soy capaz de darme. Lo busco con la inocencia intacta de la adolescente que acaba de dar su primer beso, y no con la pataleta caprichosa de una niña ante la negativa de sus padres a comprarle otro juguete nuevo. Quiero confiar. Y no puedo. Quiero abrazar. Y me fallan las fuerzas. Quiero olvidar. Y me come el recuerdo. Malditas mis ganas de creer de nuevo.
Busco,
busco,
busco,
pero no me encuentro. 


domingo, 2 de julio de 2017

Lo has hecho.

No sé cómo, en qué momento, ni por qué. Te has asomado a una ventana de cristales rotos y no has sentido vértigo alguno. Has vaciado tus pulmones soplando el polvo que envolvía la cubierta de un libro de historias viejas, y no has necesitado dejar de hacerlo para estornudar. Has bebido de unos labios que parecían estar secos, hasta que tú los hiciste volver a manar. Has mirado a través de unos ojos cerrados, de una piel sin tacto, de un corazón ya remendado. Valiente. Por hacer de lo tuyo mío, y de lo mío tuyo. Por querer de mí hasta lo que yo misma odio. Por meter los dedos en las llagas y no quitarlos aun viendo brotar la sangre de nuevo. Por hablarle a unos oídos que han querido hacerse los sordos. Por llenar todo este vacío con tu risa infinita. Por hacer hablar a una boca que solo era capaz de recordar cómo se articulaban las palabras, si las veía escritas. Ojalá nunca dejes de hacerlo. Traerme la primavera entre los dedos, el verano en el sur, el invierno en el norte, el otoño a tu lado. Creo que me entiendes. O eso pienso cada vez que me abrazas después de haber visto cómo rompía a llorar. No te vayas, ni aunque te lo pida. No, ahí mucho menos. Mi niño incordio, mi pequeño torbellino. Sigue encendiendo amaneceres a mi lado, apagando juntos noches de fiesta sin resaca. Dos o dos mil ciudades. Un tren, un avión o un cohete. Lo que sea por estar a tu lado.



domingo, 21 de mayo de 2017

Un viaje.

Una mujer desempleada, madre de dos hijos, pidiendo limosna a un caballero trajeado que no le regala ni una triste mirada.
El hombre que llega tarde al trabajo porque el tren acaba de sufrir otra avería.
Los estudiantes que consiguen hacer un aforo completo de los vagones a primera hora de la mañana.
El inocente enamorado que acaba de despedirse de su pareja en la estación, pero le llama porque ya la echa de menos.
La chica que grita por su teléfono que no quiere volverle a ver, que aquello no tuvo perdón.
El bebé que llora en el carrito, y el que se pasó toda la noche bebiendo y por fin se queda dormido.
El revisor poniendo la primera multa del turno al que intentaba pasarse de listo para viajar un día más por la cara.
Los turistas cargados de maletas, tratando de descifrar un mapa que más bien les parece un enredo de líneas de colores.
La adolescente que se vuelve más adulta en cada viaje de (hu)ida, y más niña en cada viaje de vuelta a casa.
Los familiares diciendo adiós desde el andén, con los ojos llenos de lágrimas, y los que esperan de nuevo impacientes su llegada.
No es más que un viaje, un día de calendario, una panorámica descriptiva de lo cotidiano. Pero también son vidas, historias, minutos de un reloj que no regresan y que pasan desapercibidos ante los ojos de todo aquel que fija la vista en el túnel, pero nunca en la luz que se abre paso a su salida.




domingo, 19 de marzo de 2017

Te quiero.

Ha cambiado todo tanto, papá. Dónde hemos dejado las tardes de calor, tirados por el suelo, esperando a que mamá volviese a casa. Tus historietas de cuando eras joven. Esas en las que siempre tenías que salir corriendo para que no os pillasen, aquellas en las que siempre acababa perdiendo el pobre Emilio o cuando la abuela regañaba al abuelo. Me las sabía todas de memoria y, aún así, nunca me aburría de verte riendo mientras las contabas. Las visitas exprés a la familia del pueblo. La vespa que te compraste y que sigue aparcada en el garaje, esperando a que yo pueda cogerla. Las mañanas del fin de semana, cuando ponías tus CDs de flamenco para que se escuchasen por toda la casa. Reconozco que más de una vez me arrancaba a bailar y cantar cuando no me veías. Tu sueño de viajar al sur; te prometo que lo cumplimos. Las vacaciones en la playa, cuando tenía que meterme al mar abrazada a ti porque me daba miedo que hubiese medusas. Habrán sido pocas, pero no sabes cómo las echo de menos. Todavía recuerdo el vértigo que sentía cuando me subías a tus hombros. Perdóname por agarrarte tan fuerte del cuello cuando lo hacías, pero es que para mí ese era el lugar más alto del mundo. Las veces en las que me alzabas para que subiese las escalerillas del tractor o en las que me enseñabas lo que habías plantado en el huerto. Las noches en las que me quedaba dormida en el sofá y me llevabas en brazos a mi cama. O en las que no paraba de moverme y me arropabas cada vez que me veías para que no cogiese frío. Nunca podré olvidar el áspero tacto de tus grandes manos, causado por tantos años de duro trabajo. Sé muy bien que no tuviste una infancia tan sencilla como tú intentaste hacer de la mía. Ojalá hubieses podido disfrutar más de ella para no llevarte un recuerdo amargo de una de las etapas más dulces. Siempre empeñado en enseñarme lo dura que es la vida, y lo que no sabes es que lo entendí desde la primera vez que te vi llorar y no era de alegría. No dejo de dar las gracias (no sé muy bien a quién o a qué) por seguir teniéndote a mi lado después de pasar por una operación a corazón abierto. Ni por esas has dejado de demostrarnos lo fuerte que eres; espero haber heredado esa fortaleza. Por ahora, lo que he podido comprobar, es que la sangre de los dos hierve a la misma temperatura. Gracias por hacer de tus brazos un refugio y de tus piernas un trono en el que sentirme la reina de la casa. Tu ojito derecho o el izquierdo, me da igual. Lo que yo quiero es seguir siendo el reflejo en los tuyos durante muchos años más. Gracias por llevarme todas las mañanas a la estación para que pueda continuar con el viaje hacia uno de mis sueños. Por enseñarme sitios bonitos para que practique con mis fotos. Por interesarte por toda esta locura. Gracias por todo lo que haces, has hecho y harás por mí, aunque tú creas que no lo valoro o no lo tengo en cuenta. No me cansaré de decir que me has cuidado demasiado.
Papá, ha cambiado todo tanto que a veces no puedo evitar volver a sentirme una niña,

tu niña.

domingo, 12 de febrero de 2017

Ethend.

"Que duele en el centro y nunca para.
Que me lleve el viento, que nos da en la cara.
Que salga del hueso una flor 
Y me salve y que no, que no puedo aguantar tu mirada más..." 

Hace un tiempo, perdí al amor de mi vida. Al único e irremplazable amor verdadero. Desde entonces visto de luto, color con el que veo pasar cada uno de los días desde la ventana del último vagón del tren en el que ahora escribo esto. Perdí a mi yo niña, a mi más pura e inocente persona. Delicada flor que dará vida al fruto, al acabar la primavera. Culpable de que a veces llegue a pensar que cualquier tiempo pasado, fue mejor. Tuve que hacer como la manzana que Eva no eligió para tentar al primer pecador, madurar de golpe al caer del arbol. Me convertí en fruta tocada y mirada por ignorantes que no hunden sus manos en el montón para rescatarla, porque no entienden que los golpes son las señales de que una vez se estuvo vivo. El viejo truco de hacer que la superficie brille, para cegar al que aún no ha leído más allá de la cubierta. Pasé de ser postre al final del festín, a ser restos de una comida a medio acabar. Huesos lanzados a canes que enterrarán en el jardín al finalizar su función de entretenimiento, olvidándose así de dónde los dejaron. Será el olfato de otro astuto perro el que se haga con el ya maltrecho botín, y sus zarpas y lengua las que le quiten el polvo de encima. Simple y sucio final para tan enreversada historia.