Ha cambiado todo tanto, papá. Dónde hemos dejado las tardes de calor, tirados por el suelo, esperando a que mamá volviese a casa. Tus historietas de cuando eras joven. Esas en las que siempre tenías que salir corriendo para que no os pillasen, aquellas en las que siempre acababa perdiendo el pobre Emilio o cuando la abuela regañaba al abuelo. Me las sabía todas de memoria y, aún así, nunca me aburría de verte riendo mientras las contabas. Las visitas exprés a la familia del pueblo. La vespa que te compraste y que sigue aparcada en el garaje, esperando a que yo pueda cogerla. Las mañanas del fin de semana, cuando ponías tus CDs de flamenco para que se escuchasen por toda la casa. Reconozco que más de una vez me arrancaba a bailar y cantar cuando no me veías. Tu sueño de viajar al sur; te prometo que lo cumplimos. Las vacaciones en la playa, cuando tenía que meterme al mar abrazada a ti porque me daba miedo que hubiese medusas. Habrán sido pocas, pero no sabes cómo las echo de menos. Todavía recuerdo el vértigo que sentía cuando me subías a tus hombros. Perdóname por agarrarte tan fuerte del cuello cuando lo hacías, pero es que para mí ese era el lugar más alto del mundo. Las veces en las que me alzabas para que subiese las escalerillas del tractor o en las que me enseñabas lo que habías plantado en el huerto. Las noches en las que me quedaba dormida en el sofá y me llevabas en brazos a mi cama. O en las que no paraba de moverme y me arropabas cada vez que me veías para que no cogiese frío. Nunca podré olvidar el áspero tacto de tus grandes manos, causado por tantos años de duro trabajo. Sé muy bien que no tuviste una infancia tan sencilla como tú intentaste hacer de la mía. Ojalá hubieses podido disfrutar más de ella para no llevarte un recuerdo amargo de una de las etapas más dulces. Siempre empeñado en enseñarme lo dura que es la vida, y lo que no sabes es que lo entendí desde la primera vez que te vi llorar y no era de alegría. No dejo de dar las gracias (no sé muy bien a quién o a qué) por seguir teniéndote a mi lado después de pasar por una operación a corazón abierto. Ni por esas has dejado de demostrarnos lo fuerte que eres; espero haber heredado esa fortaleza. Por ahora, lo que he podido comprobar, es que la sangre de los dos hierve a la misma temperatura. Gracias por hacer de tus brazos un refugio y de tus piernas un trono en el que sentirme la reina de la casa. Tu ojito derecho o el izquierdo, me da igual. Lo que yo quiero es seguir siendo el reflejo en los tuyos durante muchos años más. Gracias por llevarme todas las mañanas a la estación para que pueda continuar con el viaje hacia uno de mis sueños. Por enseñarme sitios bonitos para que practique con mis fotos. Por interesarte por toda esta locura. Gracias por todo lo que haces, has hecho y harás por mí, aunque tú creas que no lo valoro o no lo tengo en cuenta. No me cansaré de decir que me has cuidado demasiado.
Papá, ha cambiado todo tanto que a veces no puedo evitar volver a sentirme una niña,
tu niña.
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