Una mujer desempleada, madre de dos hijos, pidiendo limosna a un caballero trajeado que no le regala ni una triste mirada.
El hombre que llega tarde al trabajo porque el tren acaba de sufrir otra avería.
Los estudiantes que consiguen hacer un aforo completo de los vagones a primera hora de la mañana.
El inocente enamorado que acaba de despedirse de su pareja en la estación, pero le llama porque ya la echa de menos.
La chica que grita por su teléfono que no quiere volverle a ver, que aquello no tuvo perdón.
El bebé que llora en el carrito, y el que se pasó toda la noche bebiendo y por fin se queda dormido.
El revisor poniendo la primera multa del turno al que intentaba pasarse de listo para viajar un día más por la cara.
Los turistas cargados de maletas, tratando de descifrar un mapa que más bien les parece un enredo de líneas de colores.
La adolescente que se vuelve más adulta en cada viaje de (hu)ida, y más niña en cada viaje de vuelta a casa.
Los familiares diciendo adiós desde el andén, con los ojos llenos de lágrimas, y los que esperan de nuevo impacientes su llegada.
No es más que un viaje, un día de calendario, una panorámica descriptiva de lo cotidiano. Pero también son vidas, historias, minutos de un reloj que no regresan y que pasan desapercibidos ante los ojos de todo aquel que fija la vista en el túnel, pero nunca en la luz que se abre paso a su salida.