domingo, 25 de octubre de 2020

Cuaderno de bitácora

Aquel día mis rodillas se clavaron en el suelo. Ya no soportaban más la carga, solo buscaban la estabilidad de una tierra firme; como el barco que entre la tormenta atisba el rayo de luz de un faro lejano y pone rumbo directo a puerto desconocido.

Alcé el rostro, empapado de agua salada; como el de ese marinero que coloca su última esperanza en la línea confusa que separa al mar del cielo.

Posé la mano sobre mi pecho izquierdo, yendo al encuentro del compás de un latido. El conocido 3x4 se había acelerado. Tempo presto para una sinfonía inacabada.

Y fue entonces cuando comencé a rezar, como lo hace un niño al pronunciar sus primeras palabras: sin entender bien lo que dice ni a quién o a qué se dirige, pero sintiéndose convencido de lo que quiere conseguir. Pedía por todos, por mí y por mis compañeros, y como un niño enfrascado en su etapa egocéntrica: por mí primero.

Llevaba demasiado tiempo siendo capitán sin brújula ni mapa, con la única guía que ofrece el brillo de las estrellas en la noche y el de la esperanza en el corazón.

Ese barco y ese timón no me pertenecían. Tampoco reconocía a la tripulación ni conseguía atar cabos con ella.
Los mensajes de S.O.S. no eran recibidos por nadie tras la radio. No se escuchaba respuesta alguna.



Definitivamente, estaba perdida.
Yo, que siempre me adelanto a los acontecimientos, que presumo de mágica intuición, que imagino en mi mente todo escenario posible con diálogo y guión, que me coloco en el peor de los casos para estar siempre preparada; siempre alerta.


Sí.
Yo estaba perdida.

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