Aquel día mis rodillas se clavaron en el suelo. Ya no soportaban más la carga, solo buscaban la estabilidad de una tierra firme; como el barco que entre la tormenta atisba el rayo de luz de un faro lejano y pone rumbo directo a puerto desconocido.
Posé la mano sobre mi pecho izquierdo, yendo al encuentro del compás de un latido. El conocido 3x4 se había acelerado. Tempo presto para una sinfonía inacabada.
Y fue entonces cuando comencé a rezar, como lo hace un niño al pronunciar sus primeras palabras: sin entender bien lo que dice ni a quién o a qué se dirige, pero sintiéndose convencido de lo que quiere conseguir. Pedía por todos, por mí y por mis compañeros, y como un niño enfrascado en su etapa egocéntrica: por mí primero.
Llevaba demasiado tiempo siendo capitán sin brújula ni mapa, con la única guía que ofrece el brillo de las estrellas en la noche y el de la esperanza en el corazón.
Definitivamente, estaba perdida.
Yo, que siempre me adelanto a los acontecimientos, que presumo de mágica intuición, que imagino en mi mente todo escenario posible con diálogo y guión, que me coloco en el peor de los casos para estar siempre preparada; siempre alerta.
Sí.
Yo estaba perdida.
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