"Que duele en el centro y nunca para.
Que me lleve el viento, que nos da en la cara.
Que me lleve el viento, que nos da en la cara.
Que salga del hueso una flor
Y me salve y que no, que no puedo aguantar tu mirada más..."
Y me salve y que no, que no puedo aguantar tu mirada más..."
Hace un tiempo, perdí al amor de mi vida. Al único e irremplazable amor verdadero. Desde entonces visto de luto, color con el que veo pasar cada uno de los días desde la ventana del último vagón del tren en el que ahora escribo esto. Perdí a mi yo niña, a mi más pura e inocente persona. Delicada flor que dará vida al fruto, al acabar la primavera. Culpable de que a veces llegue a pensar que cualquier tiempo pasado, fue mejor. Tuve que hacer como la manzana que Eva no eligió para tentar al primer pecador, madurar de golpe al caer del arbol. Me convertí en fruta tocada y mirada por ignorantes que no hunden sus manos en el montón para rescatarla, porque no entienden que los golpes son las señales de que una vez se estuvo vivo. El viejo truco de hacer que la superficie brille, para cegar al que aún no ha leído más allá de la cubierta. Pasé de ser postre al final del festín, a ser restos de una comida a medio acabar. Huesos lanzados a canes que enterrarán en el jardín al finalizar su función de entretenimiento, olvidándose así de dónde los dejaron. Será el olfato de otro astuto perro el que se haga con el ya maltrecho botín, y sus zarpas y lengua las que le quiten el polvo de encima. Simple y sucio final para tan enreversada historia.