domingo, 2 de julio de 2017

Lo has hecho.

No sé cómo, en qué momento, ni por qué. Te has asomado a una ventana de cristales rotos y no has sentido vértigo alguno. Has vaciado tus pulmones soplando el polvo que envolvía la cubierta de un libro de historias viejas, y no has necesitado dejar de hacerlo para estornudar. Has bebido de unos labios que parecían estar secos, hasta que tú los hiciste volver a manar. Has mirado a través de unos ojos cerrados, de una piel sin tacto, de un corazón ya remendado. Valiente. Por hacer de lo tuyo mío, y de lo mío tuyo. Por querer de mí hasta lo que yo misma odio. Por meter los dedos en las llagas y no quitarlos aun viendo brotar la sangre de nuevo. Por hablarle a unos oídos que han querido hacerse los sordos. Por llenar todo este vacío con tu risa infinita. Por hacer hablar a una boca que solo era capaz de recordar cómo se articulaban las palabras, si las veía escritas. Ojalá nunca dejes de hacerlo. Traerme la primavera entre los dedos, el verano en el sur, el invierno en el norte, el otoño a tu lado. Creo que me entiendes. O eso pienso cada vez que me abrazas después de haber visto cómo rompía a llorar. No te vayas, ni aunque te lo pida. No, ahí mucho menos. Mi niño incordio, mi pequeño torbellino. Sigue encendiendo amaneceres a mi lado, apagando juntos noches de fiesta sin resaca. Dos o dos mil ciudades. Un tren, un avión o un cohete. Lo que sea por estar a tu lado.



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