Cielo, qué bien te quedaban esos "te quiero, pequeña" colocados estratégicamente entre las comisuras de tus labios, para que te hiciese pronunciarlos a besos. Qué bien encajaba tu mano con la mía, cuando salíamos a la calle para darle envidia al mundo, para enseñarle que los polos con la misma carga no siempre se repelen, que a veces, también saben cómo atraerse. Cómo echo de menos tu manera de quitarme los miedos de encima, tu forma de enseñarme a gritarle a la vida. Tus idas y venidas, tus besos y tus heridas. Tu intención de borrarme las cicatrices con saliva. Las ganas que me tenías, o nos tenías. Esas reacciones tan a tiempo, cuando quería irme, y tú me agarrabas para que no lo hiciese, para que no me fuese de tu lado. Tus caricias, sentir tu mano deslizándose por mi piel, acelerando a ese que hoy parace no querer latir.
Cómo echo de menos la vida desde que te has ido.
Cielo, ya sabes que para mí las historias no acaban, hasta que no mueren los protagonistas. Y, aunque tú y yo en cierto modo ya hayamos muerto, aún siento que nuestra historia sigue viva. Que nunca he escrito una carta de despedida, porque no sé ponerle punto final a las cosas

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