No señores, no he muerto. Todavía no. La vida sigue jugando conmigo y a veces se le olvida dejarme ganar. Eso no ha cambiado. Me enseña a caminar como si hubiese vuelto a ser una niña, como si nunca hubiese dejado de serlo, y cuando le estoy cediendo mi mano, me agarra del brazo y vuelve a tirarme contra las cuerdas. Upper upper cut, y vuelvo a verlo todo negro. No, no he muerto, todavía sigo viva. Todo este sinsentido sigue pesándome sobre los hombros al moverme, mientras busco respuestas e intento conciliar el sueño llena de nuevas preguntas. Mientras veo difuminarse los límites que una vez creí imborrables y trato de cruzar fronteras, como quien escapa de un país que sigue en guerra. Eso sí, el camino de vuelta a casa siempre bien marcado, no vaya a ser que algún día no recuerde de dónde vengo y se me olvide así hacia dónde voy. Todavía sigo viva. A pesar de haberme sentido morir cuando menos lo merecía. Que sí, que seré una exagerada, que alteraré la realidad cuando a mí me de la gana. Pero nadie vino a reanimarme el corazón cuando sentí cómo se paraba. No hablen de dolor si no es con la boca llena de sangre, es de mala educación. Todavía vivo. Y no sé muy bien el por qué, ni el cómo. Soy esclava del cansancio y del desgaste. Del reloj que no para de ir en mi contra y del paso del calendario que no deja de cortarme con el filo de sus hojas. Me sumerjo en una ciudad, para emerger kilómetros más tarde en otra. Respiro contaminación allá donde vaya y toso al ritmo de un fumador al que le han avisado de que se está quitando la vida. Todavía no me he ido. Puedo parecer ausente y ser a la vez omnipresente. Porque sin ser ningún dios, hubiese dado mi vida por alguna que otra persona que juraba compartirla conmigo. Quedáosla, no la necesito. Porque no tengo que inventarme una, sigo siendo dueña de la mía. Porque, ¿saben?
Todavía vivo, todavía escribo.

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