Han pasado muchos años desde la última vez. Muchos. No soy capaz de recordar cuándo fue. No me acuerdo tampoco del cómo. Pertenece a esa parte de mi pasado que quiero olvidar. Esos tiempos oscuros a los que trato de no volver a encenderles la luz. Pero lo he hecho. Lo he vuelto a hacer. Ha sido distinto, no era voluntario, no fue predeterminado. Simplemente sucedió. En el fondo lo deseaba. Sé que llevaba un tiempo buscándolo, perdida, pero sabiendo que lograría encontrarme.
Empezó siendo un juego, divertido, sin mayor importancia. Cuando has sido la pequeña de la casa te acostumbras a que no se te tenga en cuenta, a que muchas cosas las pasen por alto. Todos piensan que te están cuidando, alejándote de la realidad, no dejándote ver los monstruos a los que un día tendrás que enfrentarte sola. Porque lo estarás, por mucho que te prometan que ellos no se irán. Mienten. Todo el mundo lo hace.
Me apoyé en la puerta del baño. Esta vez estaba abierta. No tenía que guardar silencio para que mi hermana no se enterase de que estaba allí. Esperando de nuevo ese dichoso sonido. Asfixiante y liberador a partes iguales. Tenía que aguantar la respiración, aunque esto no me resultaba muy difícil. Aquellas situaciones eran capaces de dejarme inmóvil.
Pero esta vez no. Ahora el ruido me pertenecía a mí. El llanto era solo mío. El reflejo del espejo emborronaba mi figura. Yo era la persona a la que, después de tantos intentos, trataba de escuchar. Y no quise callarme de nuevo.
Cada arcada era un recuerdo tratando de salir por mi garganta. Todos esos gritos que nadie, ni yo misma, me había permitido sacar de dentro. Sentada en el suelo y agarrada al inodoro, parecía querer enviar por el desagüe todo lo que había ensuciado mi estómago y mi mente.
Estaba asustada. Como lo estuve entonces, como lo he estado todo este tiempo. Hay miedos que te acompañan para siempre sin tu permiso. Te hacen temblar cuando te los encuentras de cara. Cuando te acuestas en tu cama sin saber si al día siguiente te despertarás sola en casa. O al escuchar a tu madre llorar. O con el sonido de un golpe, de una sirena, de un portazo o de una llamada del hospital o de la comisaría.
Volví a la cama pasado un buen rato, sabiendo que las cosas no acabarían aunque no me acordase de nada cuando abriese los ojos de nuevo. Igual que lo supe la noche en la que comenzó todo. Seguí llorando, tratando de no marearme aún más con cada vuelta.
Me sentía vacía. Lo único que me llenaba era el dolor. No sé si del recuerdo o simplemente de los estragos del alcohol. Hace tiempo que no puedo sentir. No me lo permito porque no quiero volver a sufrir de aquella forma. No soy creyente, pero estoy segura de que fue un infierno. Ese fuego y ese calor redujo todo a cenizas. Derrumbó los cimientos de una familia que no sabía lo que era separarse. Cortó lazos y destruyó vidas.
Ahora me tiño el pelo del mismo rojo de aquel incendio. Siempre me han gustado las metáforas, aunque creo que esto es más bien un acto de rebeldía. Sí, todos somos culpables. También me quedo callada. No es por seguir dándoles el gusto de no tener que escuchar mi versión, la que a mí me duele, sino porque pienso que no merecen saber más allá de lo que ven en lo que se convirtió mi vida.

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