Hoy escribo para desmentir un pensamiento que abunda en las cabezas de muchas personas con las que he hablado. Esa tendencia a creer que solo aprendes a vivir conforme vas cumpliendo años. Y, ¿qué son los años, si no tiempo? Tiempo que puede estar muy bien empleado, malgastado o incluso ilógicamente parado. Hojas de un calendario que para muchos está intacto, y para otros tiene marcas hasta en el 30 de febrero.
Y me preguntan: ¿qué has tenido que vivir para hablar con la seguridad de un sabio, y con una mirada que parece haber inventado un nuevo idioma?
Y entonces, con esa sonrisa que llaman 'inocente', les respondo: mis 16 otoños han caído al precipicio de más de un par de ojos, han disparado balas con la misma boca que ha versado labios, y han apretado fuertemente con las mismas manos que un día quedaron vacías. He amado la vida cada vez que he visto a un niño reír, y la he maldecido cuando he visto a mis padres llorar. He sentido la fuerza de mil huracanes que me mostraban que todo iba bien, y he vivido vacíos más grandes que la nada, cuando todo se estaba derrumbando por dentro. He visto a mujeres trayendo vida al mundo, y he sufrido cuando otras personas se la han llevado con ellas. Me he odiado, y creo que en algún instante, me he llegado a amar. He aprendido a sentir con palabras, silencios, fotografías y sonidos. Le he dado la vuelta a todo, para después ponerlo otra vez del derecho. He dado la cara por personas que más tarde me la han abofeteado. He negado lo innegable, he deseado lo indeseable y he soñado lo inimaginable.
Y ahora dime, ¿crees que vivir sigue siendo solo cosa de los años?

No hay comentarios:
Publicar un comentario