Tengo al Destino cogido por las solapas. Le miro a los ojos, y no sé qué trama. Ha arrancado todas sus pestañas, para evitar que le pida más deseos, cuando las soplo como una niña ilusa sopla unas velas de cumpleaños. Mientras, yo le repito, una y otra vez, que no soy valiente por querer luchar tras cada caída. Que intento ser fuerte para que dejen de doler los golpes, y de escocer las heridas. Le advierto, voy a convertirme en una kamikaze más de su juego. Y se ríe. Vuelve a enseñarme esos dientes, prueba de un "aquí soy yo el que manda, estas son mis normas, mi reglamento". Una lengua ensangrentada de tanto morderla, para evitar dar pistas de nada, asoma entre un par de colmillos bien afilados. Apuesto que no será mi sangre la única que haya probado. Sediento. De sangre. De más juego. Como un ludópata, no piensa abandonar la siguiente partida. Pero el premio es demasiado valioso, y no pienso darme por vencida a tan solo unos pasos de la casilla de salida. Una vida, mi vida, me importa más que cualquier lengua venenosa. Que cualquier sonrisa de asesino, en serie. En serio, te lo digo.
Querido Destino, no me desees suerte. Que eso es para los perdedores, y yo hace rato que ya ando perdida.

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