Yo no pedí llamarme Paula, tener el pelo castaño, los ojos marrones y ese lunar, pintado en el hemisferio izquierdo de mi cara. Tampoco pedí mi fobia a las agujas y a las avispas y abejas. El miedo a no ser suficiente y el de la ignorancia de qué es lo que pasa cuando una persona muere. Nunca dije que mi primer llanto se escucharía un miércoles en aquel hospital, ni que iba a gustarme vivir en esta ciudad. No recuerdo haber elegido a qué personas llamaría 'familia'. Tampoco elegí nacer cinco años después de que mi hermana lo hiciese. La sonrisa inconsciente al ver a un niño, la lágrima al darme cuenta de que también existen el dolor y el sufrimiento. La curiosidad que tantas cosas me ha hecho aprender y ese amor al arte que tanto tiempo ha permanecido escondido sin que yo lo supiese.
Pero siendo sincera, si volviese a abrazar a mi madre por primera vez en aquel hospital, ese mismo miércoles, cinco años después de que mi hermana lo hubiese hecho, volvería a llevar el nombre de mi abuela con mucho orgullo. Miraría en el espejo ese lunar, con mis dos ojos, marrones como las hojas que caían en el otoño en que nací. Seguiría pensando que a veces puedo no ser suficiente, porque la vida me acojona, pero más lo hace la muerte. Y esto no dejaría de ser otra excusa para vivir disfrutando de la sonrisa que me regala cada pequeño, y de todo aquello que desconocía. Volvería a sentir en mis venas el amor que le tengo a esta (mi) familia.
Pero sobre todo, no dejaría de escribir desde esta ciudad, o desde muchas otras, porque habría vuelto a descubrir ese amor al arte que tanta, tantísima vida me está dando.

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