Cuando suene la música, pienso ponerme a bailar de nuevo. Y no, esta vez no voy a parar. No voy a disfrazarme de Salomé cuando cese el ritmo del último compás, ni pondré la cabeza de nadie sobre una bandeja de plata. Prefiero ser yo quien (os) ofrezca mi lengua sobre un folio en blanco. Una lengua cuya punta está repleta de palabras que aún tiene que escupir. Que ha sido mordida, una y otra vez, para evitar hacer heridas a quienes todavía no habían oído hablar del dolor. Pero que también ha sabido curar y cicatrizar, más rápido que cualquier tipo de alcohol. Una lengua a la que muchos les hubiese gustado hacer un nudo tan fuerte, que hubiera sido imposible articular palabra. Y que está cansada de que otras le dicten lo que puede decir, y lo que no. Una lengua que ha probado el sabor del veneno, y sin embargo, jamás ha querido ser venenosa. Que juega a buscar su hogar en otras bocas que no son la suya. Y que se desgasta en cada intento. Una lengua pluma, y una lengua pistola, con la recámara bien cargada. Apuntad si queréis. La oreja con la que Van Gogh jamás pudo escuchar el grito de Munch, será el objetivo. Y yo; yo seré quien apriete el gatillo esta vez.

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