Tú me buscabas, y yo me dejaba encontrar. Era la relación perfecta entre loco y cuerda, o cuerdo y loca. Porque ya no sé si era yo la que te ataba, o eras tú el que no me dejaba marchar. Era un continuo "no te alejes de mí" que fuimos incapaces de pronunciarnos. Creo que ambos dábamos por hecho lo que cada uno pensaba del otro, y acabamos suponiendo tantas cosas, que al final no sacamos nada en claro. Nos dedicamos a mandarnos mensajes ocultos en conversaciones que no tenían ni pies ni cabeza. Tú me hablabas de viajar a lugares que me ponían el vello de punta, y yo te contaba como, cada noche, una estrella se encendía justo enfrente de mi ventana. Esa ventana en la que me pasaba asomada todas las noches de verano por si, 'casualmente', tú te dejabas ver por allí. Pero no sé si fue el destino, el Karma o el vengativo Cupido, el que no quiso que eso pasase. Cada vez que sentía que podía tenerte más cerca, sístole y diástole se marcaban un baile digno de competición. Lo que no pude averiguar fue, si mi corazón y el tuyo, serían capaces de seguirse el paso sin pisarse los pies.
Qué bonito hubiese sonado un "¿me concedes este baile?" saliendo de tu boca.

No hay comentarios:
Publicar un comentario