lunes, 9 de febrero de 2015

Llámalo utopía.

Coger un tren con destino a ninguna parte. Perderme, perderte quizás, perder la noción del tiempo. Hacer que las brújulas no encuentren el norte. Que salga el Sol a las doce de la noche, que la Luna me caliente con su brillo cegador. Que se me olvide cuál era tu nombre, o de qué color son tus ojos. Que no recuerde el camino de vuelta a casa, porque todos los lugares sean hogar. Visitar destinos que encerraba en promesas, y que ya no recuerde por qué quería estar allí. Llevar a la locura por bandera y deshacer los nudos que me atan a la cordura. Caminar  bailando con los ojos cerrados, y dejar a un lado la razón y el sentimiento. Borrar la palabra 'miedo' de mi diccionario y reinventar el concepto de la felicidad. Alzar anclas e izar la bandera del barco de mi vida. Levantar el vuelo y sentirme libre. Caerme por precipicios que me lleven a las más altas cimas. Tatuarme en la cara mi sonrisa de victoria, y olvidarme de cómo suena un llanto de vencido.


Llámalo utopía, o simplemente, ganas de comerme la vida. Y si no entiendes todo este caos de letras, no te preocupes; eso significa que la vida te sonríe, o posiblemente, que ya no hay quien me comprenda.

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