Siempre había oído decir que el roce hace el cariño, y que cuanto más tiempo pasas junto a una persona, más difícil se te hace luego separarte de ella. Pero nadie me dijo que también puedes echar de menos a una persona que tan siquiera has tocado, una persona a la que no sabes cuántas arruguitas se le hacen en los ojos cuando se ríe, o si su sonrisa es de las de hoyuelo en moflete. Nunca antes unas conversaciones me habían vuelto tan adicta a una persona, ni me habían hecho sentir que una parte de mí se iba con ellas. No sé si es el complejo de poeta que a veces tengo, lo que me hace capaz de enamorarme de las palabras, o es mi necesidad de encontrar a alguien que sepa hablar conmigo de cualquier cosa que se nos pase por la cabeza. El problema, o la virtud no lo sé, de todo esto, es que puedes crear un mundo paralelo de historias en las que ambos seáis los protagonistas, aunque nunca vayan a suceder en un futuro. Pero ahí está la magia de no conocer a esa persona, esa incertidumbre de no saber cómo será. Todo esto te lleva a poner en marcha tu imaginación, y una vez que empiezas, estás perdido. Te has enganchado a alguien, o mejor dicho, a algo que tú mismo has creado y que, por lo tanto, es muy posible que supere a la realidad con creces.
No sé si estaré en lo cierto pero, ya hace casi un año que te (des)conozco y yo, yo no he conseguido olvidarte.

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