Yo no tengo unas piernas de vértigo ni un pecho de taquicardia. Muy pocos han sido capaces de drogarse con mis besos, y mis ojos, no son ningún mar donde perderse, más bien son el café que te beberías por la mañana para espabilarte. Mis pasos no resuenan por las calles ni aunque me suba a mis tacones más altos, y mi falda hace tiempo que ya no vuela. Las barras de labios me duran más desde que mi boca no estampa su firma en las comisuras de algún poeta que finge quererme como su musa, y mi perfume sigue tatuado en la piel esperando que alguien me lo quite a besos, o a versos.
Pero si hablamos del interior... ay señorito, ¡pobre del que sea capaz de calarme hasta los huesos!
Mi cabeza es un laberinto sin salida, mi corazón una bomba de relojería y no hablemos de las mariposas de mi estómago...

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