Sabías bien que siempre me acaban gustando las cosas díficiles, y por si esto ya era poco complicado, llegabas tú haciéndote de rogar. Te convertiste en una meta, en un sueño cuanto menos inalcanzable. Me encapriché de tí cual niña pequeña, a sabiendas que eso no era lo correcto. Fuiste ese deseo que prendía de aquella estrella fugaz con la esperanza de que te guiase hasta mí cada noche. Sabía que sino frenaba iba a estrellarme, y solo se me pudo ocurrir la brillante idea de coger impulso.
Que te fuiste a fijar en la curiosidad de una futura científica que debora versos en su tiempo libre. Señorito, ¡qué llevo la palabra desastre como apellido!
Ahora, lo único que puedo decirte, es que me encantaría viajar a Roma sólo para comparar si sus ruinas son tan bonitas como las mías.

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