Y de repente empiezas a sentir que te hundes, que tu cuerpo y tu mente ya no tienen fuerzas para seguir nadando. Además, miras atrás y te das cuenta de que hace ya tiempo que te alejaste de tierra firme. Sientes miedo y angustia, mucha angustia. Aumentan tus nervios haciendo que el corazón bombee más rápido, necesitando cada vez más oxígeno. Oxígeno en forma de personas dispuestas a hundirse contigo para poder sacarte a la superficie por el camino correcto. Y a pesar de que el agua sea cristalina, nadie se da cuenta de dónde estás. Una vez más, te sigues viendo solo, echas en falta a esas personas que prometieron estar siempre a tu lado, y lo único de lo que eres capaz, es de sentir que cada vez vas cayendo más bajo. Pierdes las esperanzas, dejas de luchar por sobrevivir. Ahora, después de reflexionar sobre toda tu vida, casi prefieres cerrar los ojos y dejar que la marea te arrastre a su antojo, total... nunca fuiste dueño de tu vida.

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