No, un clavo no saca otro clavo. No sé quién fue el imbécil que intentó hacernos creer eso. Hay clavos que llegan tan hondo, que tan siquiera eres capaz de ver por donde entraron. Clavos, que se quedan agarrados en las entrañas, en los lugares más recónditos de tus recuerdos. Clavos que te perforan el pecho izquierdo hasta hacerte desangrar todos tus sentimientos. Clavos que llegan al lagrimal, y clavos que te hacen perder la cordura. En resumen, clavos que en lugar de sujetarte, te desarman. Y cuando hablo de clavos, hablo de personas, hablo de sentimientos y de las historias que pudieron ser y no fueron. También de esas que aspiraban a ser cuento de hadas, y acabaron siendo un chiste, y de los malos, de esos que nadie entiende por qué se contaron, pero que todos se ríen al escucharlo.
Ahora bien, que me expliquen esos ilusos cómo saco yo tantos clavos. Cómo consigo deshacerme de las llagas que quedan marcadas en mi piel. No quisiera tener que decir esto pero, lo siento, hay cosas que no son tan fáciles de reemplazar.

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